Lei una vez de la pluma de algún sabio que no hay tristeza más sincera que la que llora en silencio. Igualmente me atrevo a añadir que no hay palabras más sinceras que las que se escriben para uno mismo.
Al girar la esquina de cualquier rincón de la vida, hay ocasiones en las que el pobre protagonista de estas palabras sinceras se encuentra en alguna calle desconocida, sin comprender cómo llegó ni mucho menos cómo salir de alli. O incluso, para mayor estupor de nuestro confuso caminante, sabe cómo llegó pero no como salir.
Entonces, cansado de girar siempre la misma esquina, puede que resignado, se siente en la calle, saque su libreta y comience a escribir palabras sinceras, palabras para sí mismo.
Si fueses tú como nuestro amigo caminante, tendrás en algún lugar a salvo del ingrato público páginas llenas de palabras sinceras escritas detrás de alguna esquina, con la espalda apoyada contra la vida que te llevó hasta alli. Sabrás entonces tan bien como yo que aquellas palabras no valen para nada más que para cerrar la libreta que las contiene, tomar aire antes de levantarte y seguir caminando.
Habrás guardado tú también aquellas palabras, confiándoselas al olvido, en alguna estantería polvorienta donde quizá las encuentres años más tarde, tras dar la vuelta de nuevo a alguna de aquellas esquinas y cansado de escribir palabras sinceras que a nadie le importan.
Será entonces cuando recuerdes por qué las escribiste. Será entonces cuando recuerdes que tras cerrar la libreta, tomaste aire y te levantaste para seguir caminando.
Buscarás entonces la última página escrita de tu libreta.
Escribirás.
Y a continuación te levantarás y seguirás caminando.
